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lunes, 12 de septiembre de 2016

Fisiócratas, energía y paradigmas económicos.

Recientemente Steve Keen publicó un artículo sobre la incorporación de la energía a la función de producción neoclásica, algo que no es novedoso. El artículo comienza recordando que la escuela fisiocrática reconoció la importancia de la energía en la producción, algo que negaron después los clásicos (dentro de los cuales incluyo a Marx) y, especialmente, los neoclásicos.


De mi paso por la facultad, recuerdo que la escuela fisiocrática se estudiaba de pasada. Sus ideas parecían ancladas en un pasado remoto de la joven disciplina económica, donde se tanteaba de una forma torpe los misterios que poco a poco se irán revelando durante los siglos XIX y XX.


Muchos años después y tras leer, por ejemplo a José Manuel Naredo o a René Passet, me percaté que aquellos planteamientos aparentemente absurdos de que la agricultura era la fuente de todo valor, estoy simplificando, encerraban desde el punto de vista de la economía mucha más verdad que la falta de interés con que eran tratados.


José Manuel Naredo se refiere a ello, al abandono de lo que podemos denominar factores físicos limitantes, como la ruptura epistemológica fisiocrática, que dio pie a un reduccionismo monetario que está en la raíz de la incapacidad que tiene la dogmática económica vigente para comprender unos fenómenos que le son ajenos y que, en el fondo y a pesar de sus esfuerzos, encuentra incomprensibles. El intento de monetizar aquello que en origen fue excluido, es un camino condenado al fracaso como hemos expuesto en otras ocasiones.


No obstante la visión de que únicamente el trabajo humano era la fuente de la riqueza de la naciones triunfó. Las circunstancias históricas conspiraron para que esa victoria enterrara la visión de los fisiócratas que consideraban de forma implícita la energía  (solar), como el origen de toda riqueza. El hecho de que la revolución industrial se fundamentara en la utilización de energías fósiles (que paradójicamente no es más energía solar almacenada) como palanca para la división del trabajo, fue esencial para desterrar la idea de los fisiócratas. Este concepto es el que da lugar a la conocida representación de la economía como una máquina de movimiento perpetuo sin que ello provoque ningún sonrojo.




Los fisiócratas consideraban que existían actividades productivas, agricultura, minería y pesca, otras, sin embargo, industriales o artesanas se limitaban a modificar la materia. Tengamos presente que los fisiócratas, creían que los minerales se reproducen (lentamente) en el seno de la tierra. Así Quesnay afirmaba:


“toda ciencia económica se orienta a conseguir la mayor reproducción posible, mediante el conocimiento de los resultados físicos que aseguren la recuperación de los recursos invertidos por la sociedad en el curso de su actuación”


Aunque los fisiócratas consideraban, en razón de los conocimientos de su época, que el crecimiento físico no tenía límite, eran perfectamente conscientes que el crecimiento se produce en un contexto físico que nos proporciona la naturaleza. Ese concepto será completamente abandonado por los clásicos. Naredo (2015) explica:


“[Los fisiócratas]..construyeron sus análisis sobre nociones de producción y de producto neto más próximas a las que se aplican hoy en ecología que a las que rigen en economía, y de ahí que prestaran más atención al ‹‹valor de uso›› que recoge las características intrínsecas de los productos que al ‹‹valor de cambio›› que hace abstracción de ellas.”


El valor de uso es una categoría esencialmente objetiva, mientras que el valor de cambio es de carácter social, surge de la relación entre las personas, aunque éstas deban comportarse bajo unos supuestos determinados, sobre los que volveremos.


Para los clásicos y posteriormente los marxistas, el trabajo es la fuente de la producción y el valor, algo que excluye a la naturaleza como pre-requisito para cualquier producción. La reducción a lo monetario permite crear riqueza abandonando el vínculo físico. Por esa razón, para Ricardo la renta no nace del producto sino del precio. Señalemos los enormes problemas que esto comporta que han sido sobradamente debatidos, pero ignorados por la economía neoclásica durante el siglo XX. Afrontarlos supondría un colapso del vínculo entre lo físico (capital que está sometido a las leyes de la naturaleza) y lo monetario (capital financiero que se reproduce sin ningún límite, por el interés compuesto). 



Por ejemplo, abandonada la creencia de la reproducción de los minerales, los clásicos hablan de producción de minerales que se genera a través del trabajo, no se trata de extracción de un recurso no renovable y, como es el caso de los combustibles fósiles, no reciclable en ninguna medida. Esa ficción se mantiene incólume a día de hoy.


Por otra parte, el capitalismo se caracteriza por la necesidad de acumular riqueza, es el motor que mueve el mundo y, de acuerdo con la tesis de mano invisible, beneficia a todos. Es la manifestación del utilitarismo cuyo protagonismo en la disciplina económica es de todos conocido. Cada individuo busca maximizar su propio placer. Se trata de una tautología que nada limita. La estrategia de presentar tautologías lógicas como verdades universales indiscutidas ha funcionado a las mil maravillas.


El artificio, como señala Naredo, es que no estamos hablando en términos vagos y generales de la utilidad, con los que es difícil estar en desacuerdo, sino que se trata de reducirla al mero consumo de bienes y servicios. En realidad, el consumo de los bienes y servicios con valor monetario tiene un impacto limitado en nuestro bienestar que depende de la abundancia de bienes o servicios que quedan fuera del mercado. Si esos “bienes o servicios” pasan a tener precio, nuestro bienestar o el de la mayoría se deteriora. Un ejemplo es el agua potable, a medida que aumenta su contaminación por nuestra acción sobre el medio, se vuelve más escasa, lo que la convierte en un bien de mercado. Dejando de lado las cuestiones de distribución sobre quién tiene acceso al nuevo bien de mercado y en qué cantidad, lo cierto es que la nueva escasez nos hace más ricos en términos monetarios pero sufrimos, ciertamente de forma harto desigual, un deterioro de nuestros niveles de bienestar. Lo que acabo de describir es la paradoja de Lauderdale que señala este fenómeno de la disociación entre valores de uso y valores de cambio.


Explica Naredo (2015)


“Con todo, el utilitarismo contribuyó a establecer esa identidad hoy tan omnipresente entre el bienestar y la felicidad de los humanos y la indiscriminada multiplicación de mercancías en que estaba interesada la empresa capitalista que, para evitar cualquier duda al respecto, se incluyen comúnmente bajo la denominación general de ‹‹bienes››. Se preparó así el terreno para que se extendiera el afán de conseguir su aumento indefinido, que presidió el nacimiento de la ciencia económica, a la vez que su expresión monetaria se impuso como indicador eficiente de progreso, haciendo que los valores pecuniarios dominaran en la sociedad en detrimento de los valores vitales, contradiciendo de hecho los principios hedonistas enarbolados por el utilitarismo”


Solo el reduccionismo monetario permite afirmar que somos más ricos y en consecuencia, siguiendo su lógica, disfrutamos de mayor bienestar. Es un concepto equivalente al de crecimiento anti-económico de Herman Daly. Sin embargo, incluso en las sociedades más opulentas hay capas de la población que sufren una regresión en su bienestar como el acortamiento de su esperanza de vida por múltiples causas, entre ellas una alimentación cada vez más deficiente. El sistema muestra sus dos caras, la depredación del medio natural que tiene múltiples consecuencias como el cambio climático o la contaminación de las aguas, y la de la sociedad se manifiesta, por ejemplo, en la desigualdad de acceso a esa riqueza que debería alcanzar a todos (trickle down) a causa del crecimiento perpetuo merced a una mejor tecnología para aprovechar los recursos o encontrar otros aún mejores.


No obstante, en un mundo de recursos limitados, los países más ricos lo son absorbiendo recursos físicos muy superiores a los que disponen. El flujo de entrada de materiales que importan supera, en mucho, al flujo de salida. Aunque en términos de valor de cambio su flujo hacia los países de donde proceden dichos recursos es mucho mayor. Existe una disociación creciente entre el balance físico y el monetario lo que Naredo y Valero denominan la regla de notario.


Después de la Segunda Guerra Mundial la preponderancia del petróleo como fuente de energía básica, ha recrudecido esa tendencia pues a diferencia del carbón está más concentrado en determinados lugares.


Podemos preguntarnos ¿Si la base material es tan importante por qué se omite del análisis económico como tal? Existen razones poderosas para que sea así, algunas más razonables en su momento, otras que son una mera justificación del sistema en el que algunos medran y la mayoría, como nos muestra la regla del notario, se ven abocados a vidas donde el prometido bienestar por un mayor consumo de bienes y servicios brilla por su ausencia.
Una cuestión que también debe ponderarse es el individualismo, en el sentido de que permite tener una relación meramente instrumental con nuestro entorno como algo ajeno que podemos aprovechar para aumentar nuestra riqueza monetaria. La encíclica papal "Laudato Si", se revela contra este concepto, considerando que la naturaleza no es un dominio del hombre, sino que este no es más que un senescal al cuidado de la misma. Además, el individualismo es una pieza esencial que permite al sistema sobrevivir porque siempre es el individuo el único responsable de su devenir, si no alcanza las metas no puede más que culparse a sí mismo. La célebre frase de Margaret Thatcher “there is no such thing as society” resuena alta y clara en nuestros oídos.



Esta construcción hobbesiana es lo que Lewis Mundford describió como el rasgo esencial del capitalismo, el centrarse en cantidades abstractas, no en vano la economía como disciplina nació con la denominación de “aritmética política”, es una clave para entender lo económico como una disciplina aislada que puede prescindir de cumplir, por ejemplo, la leyes de la termodinámica y ser perfectamente respetada y tener incluso un remedo de premio Nobel. Pero también, algo completamente alejado de la moralidad. Es un área de la actuación humana, aparentemente único, donde del egoísmo y la lucha de intereses (Mandeville y su fábula) nace el equilibrio que no se puede alcanzar de otra forma y, si intentamos introducir consideraciones morales o éticas, automáticamente provocaremos el desequilibrio y con ello sufrimiento. Lo anterior que es santo y seña de la economía dominante, más o menos embellecido o disimulado, parte de unos supuestos implausibles sobre el comportamiento humano. Como bien afirmó John Ruskin:


“No niego, ni siquiera pongo en duda las conclusiones de la economía política si se aceptan esos principios: me desentiendo sencillamente, como me desentendería si se tratase de las conclusiones de una teoría sobre la gimnástica que parta de afirmar que los hombre no tienen huesos”


En realidad, ni siquiera las conclusiones se sostienen sobre la base de esos principios, pero Ruskin pone el dedo en la llaga, por más que Milton Friedman (1953) intentó sostener que cuanto más “marcianas” las hipótesis mejor (F-twist como lo llamó Samuelson), pues solo importa su predicción de la realidad. Sin embargo, cuando en los años 80 del siglo XX su teoría monetarista fue aplicada por diferentes bancos centrales el resultado fue un rotundo fracaso ya que los bancos centrales no controlan la creación de dinero. Sin embargo, el fracaso no afectó a su prestigio, un ejemplo paradigmático del llamado cinturón protector de hipótesis auxiliares de Imre Lakatos. Ni que decir tiene que la teoría de Friedman respecto a los supuestos de partida, conocida como instrumentalismo, es errónea. Parece ser razonable, pues todo modelo en el que se plasma la teoría no puede ser una representación del mundo. Eso es completamente cierto, pero solo para las llamadas asunciones que no tienen importancia en el proceso. Podemos despreciar la resistencia del aire si experimentamos lanzando bolas de hierro para comprobar la gravedad, pero si lanzamos una pluma la asunción deja de ser irrelevante. En economía, como nos dice Keen (2011), suponer que el riesgo es una buena aproximación a la incertidumbre es un presupuesto que delimita, de forma equivocada, las condiciones sobre las que una teoría se aplica. Mientras que el riesgo nos informa de la probabilidad de los sucesos futuros, la incertidumbre no nos proporciona guía para movernos en el futuro. La economía ha demostrado sobradamente que considerar el riesgo como una aproximación razonable de la incertidumbre es un rotundo fracaso.


Retomando la cuestión de la producción, la evolución económica se orientó a borrar cualquier vestigio que diferenciará las actividades productivas de las improductivas. Para la escuela neoclásica, donde culmina dicho tránsito, no existen las llamadas rentas no ganadas de los clásicos, aquello que no ha requerido la utilización de trabajo para ser obtenido, todo es retribuido, en el sacrosanto equilibrio, según lo que contribuye.


La cuestión que nos hemos planteado, continúa sin respuesta, porque la gestión de los recursos y los sumideros no puede realizarse con el instrumental que los niega, pues los valores de cambio, subjetivos, no pueden servir para gestionar los valores de uso, que ocupaban a los fisiócratas y que fueron rechazados para construir el paradigma las escuelas posteriores.


Adelantado el reloj del tiempo, la actual dogmática se construye sobre el convencimiento de que existe la producción (máquina de movimiento perpetuo) y que nace de la combinación de dos factores, el capital y el trabajo. Es cierto, que se han intentado introducir los recursos, pero sin cambiar el principio subyacente de la sustituibilidad de factores. En otras palabras, se trata al factor material como si se tratara de un factor eficiente, en términos aristotélicos. Esos intentos han fracasado, como muy bien explicó en su crítica a la función de producción neoclásica Georgescu-Roegen que con su habitual agudeza definió estas premisas como “la economía del Jardín del Edén”.  Capital y trabajo no son sustitutos de los recursos, son complementarios, por lo tanto, solo abandonando esa hipótesis es posible construir un instrumento útil de análisis. Sobre esta cuestión elabore una entrada con la traducción incluida de un documento de Herman Daly sobre la crítica de su maestro Georgescu-Roegen a la función de producción Solow-Stiglitz, en ese documento están las respuestas de Solow a diferentes cuestiones planteadas por Daly, que nos muestra, en boca de un insigne representante de la escuela neoclásica, cuales son los supuestos que permiten ignorar los principios de la termodinámica.


Steve Keen enfoca la cuestión con la premisa esencial de que cualquier teoría que pueda tener utilidad debe ser consistente con la termodinámica. Algo que no es nuevo, pues Georgescu-Roegen era perfectamente consciente de ello y, antes que él Frederick Soddy. Keen no llega a esa conclusión a través de Georgescu-Roegen, algo que personalmente me sorprende, pero demuestra, que partiendo de diferentes análisis, cuando se profundiza en los problemas, las preguntas que se plantean son las mismas. Es importante, porque un nuevo paradigma que desafíe al establecido necesita un nuevo programa que plantee, de inicio, unas cuestiones diferentes.


Los economistas conocemos el problema del residuo de la función de producción de Solow. La función no explica lo que debería explicar, pero aquí entra en funcionamiento la negación del pensamiento grupal. En lugar de rechazar el modelo por no ajustarse a la realidad, se aprovecha para introducir una explicación que convenga a las necesidades de la ideología que los sustenta, esa que no existe según los neoclásicos. Si los factores no explican el crecimiento de la producción, la explicación está en la tecnología. De dónde sale esa explicación, pues de la chistera, pero no pasa nada, pues encaja a las mil maravillas con la narrativa del progreso.


El problema es que eso no demuestra nada, solo que la combinación de capital y trabajo no da los resultados esperados. Entre otros, Robert Ayres ha señalado que la exergía, en realidad la potencia, si tenemos en cuenta el vector temporal, es una parte sustancial para explicar ese residuo. Lo que propone Keen para salvar la ecuación de producción habitual, la conocida como Cobb-Douglas, es impedir la sustituibilidad infinita de factores que criticaba Georgescu-Roegen en la función de producción modificada Solow-Stiglitz a la que antes nos hemos referido.


Como bien dice el mismo Keen, se trata solo de un paso, que en mi opinión, otros antes ya habían dado, pero reconoce que la única forma de iniciar el camino es haciendo las preguntas correctas e iniciando un nuevo programa no degenerativo como el que domina la economía actual.

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