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martes, 9 de agosto de 2016

El camino hacia la felicidad, según Schumacher: Propiedad

Empezamos con el problema de la producción, que a diferencia de lo aceptado por el establishment desde la década de 1970, sigue sin resolución, también cómo el tipo de enfoque económico resulta decisivo para la forma de vida en una sociedad, y cómo todo ello ha sido consecuencia del pensamiento de intelectuales del siglo XIX, quienes repletos de moral especulaban sobre cómo sería adecuado "matar" la metafísica para fomentar el pensamiento "científico", para en el anterior artículo tratar cómo el uso de los recursos por el establishment es ineficiente.

El régimen capitalista, único sistema político, económico y social realmente existente en el mundo de los inicios del siglo XXI, es el sistema que mejor emplea «las tendencias humanas de codicia y envidia como poder de motivación, al tiempo que arregla las deficiencias más escandalosas del laissez-faire por medio de la dirección económica keynesiana, un poco de redistribución impositiva y el poder compensatorio de los sindicatos».

Precisamente al alentar la codicia y la envidia como motor del progreso tecnológico y personal, el capitalismo tiene una tendencia irreversible a morir de su propio éxito, arrasando con todos los recursos no renovables «sin consideración por la conservación, y este tipo de crecimiento de ninguna manera puede adecuarse a un entorno finito».

Los datos estadísticos demuestran que Schumacher no andaba desencaminado en sus análisis. En 2015 se alcanzó el día del exceso de la Tierra seis días antes que el año anterior, resultando en un aumento imparable de depredación de recursos naturales |1|, una tendencia que sigue en aumento si comparamos con años anteriores |2|.

La esencia del régimen capitalista es la propiedad privada de los medios de producción, distribución e intercambio. Para Schumacher hay dos tipos de concepción de propiedad privada, uno de ellos es positivo y saludable, «la propiedad como ayuda para el trabajador creador», mientras que otro es enfermizo y nada positivo, «la propiedad como alternativa al trabajo creador». La segunda implica que el propietario es un parásito que vive a costa del esfuerzo ajeno.

Richard Henry Tawney lo expresó argumentando «no es la propiedad privada, sino la propiedad privada divorciada del trabajo, la que está corrompiendo el principio de la laboriosidad, y la idea de algunos socialistas de que la propiedad privada de la tierra o del capital es necesariamente dañina es una muestra de pedantería escolástica tan absurda como aquella de los conservadores que investirían a toda propiedad con una misteriosa santidad».

¿Dónde encontramos un tipo de propiedad privada que es una ayuda para el trabajo creador? En las pequeñas empresas, las de producción a escala personal y local. En ellas, según Schumacher, «ninguna fortuna privada puede obtenerse y aun así su utilidad social es enorme».

Conforme una empresa va creciendo, su vinculación a lo local y por tanto su utilidad social se va reduciendo. Así cuando una empresa privada pasa a ser ya de tamaño medio «tiende a convertirse en impersonal e incluso puede llegar a asumir un significado más que local. La idea misma de propiedad privada se convierte paulatinamente en un engaño».

Así el propietario contrata gerentes que hagan su trabajo, y su propia presencia deja de ser necesaria. Se convierte en un explotador que se apropia del beneficio por el trabajo ajeno, obteniendo un salario injusto y una renta que excede las tasas de interés corriente para el capital obtenido de fuentes externas.

Incluso los altos beneficios son fruto de la organización y producción que no es del propietario. Ello no deja de ser injusto. «Debieran ser compartidos por todos los miembros de la organización. Y si se vuelven a invertir debiera ser en calidad de “capital libre”, de propiedad colectiva, en lugar de pasar automáticamente a incrementar la riqueza del propietario original».

Una posible solución al problema de la despersonalización y las relaciones impersonales podría ser el tipo de práctica de empresas británicas en las que se incorpora al Consejo de Administración miembros ajenos a la empresa para hacer efectiva la “socialización” mediante el reparto regular de beneficios de empresa para fines públicos o de caridad.

En cualquier caso, Schumacher vuelve a referirse a Tawney para valorar que «es absurdo considerar a las empresas a gran escala como propiedad privada, puesto que tal propiedad puede ser llamada pasiva o propiedad para adquirir, aunque para un abogado la privada y pasiva son lo mismo, es cuestionable que los economistas la denominen “propiedad”, ya que no responde a los derechos que aseguran al propietario el producto de su trabajo, sino que se opone a ellos».

En este sentido es curiosa la similitud entre la propiedad privada de las empresas a gran escala y los señoríos feudales que obligaban a los campesinos a entregar parte de su trabajo.

Si el propósito de la propiedad privada es alentar la laboriosidad, el esfuerzo y el trabajo, todos los derechos que de ella derivan hoy día son un completo sinsentido, un absurdo. De ahí que para Schumacher «es en la empresa de pequeña escala donde la propiedad privada es natural, fructífera y justa, mientras que en la de mediana escala ya es una gran proporción funcionalmente innecesaria, y en la de gran escala es una ficción cuyo propósito es facilitar a los propietarios sin función que vivan de forma parasitaria del trabajo de otros».

Es llamativo cómo quienes critican la nacionalización y la propiedad pública de las empresas no dejen de exigir “responsabilidad” cuando se trata de un gestor público, cuando el único motivo de existir de una empresa privada es trabajar descaradamente por el beneficio privado, saltándose todo tipo de responsabilidad social al no ser económicamente rentable.

El hecho de que surjan inevitablemente conflictos entre la búsqueda del beneficio económico y el servicio al interés público mediante la nacionalización de empresas o manteniendo empresas públicas no es nada negativo ya que «la idea de que una sociedad mejor se puede obtener sin plantear exigencias más altas se contradice en sí misma y es quimérica».

Cuando se parte de la base de que una empresa de propiedad pública ha de servir al interés general en todos los aspectos, se incluye en ello el beneficio económico, sin gestionar la empresa como si hubiera que obtener cada vez más beneficios para accionistas privados, pero también sin llevarla a la bancarrota.

Para evitar la ineficiencia y la posible aparición de la corrupción, Schumacher propone un modelo descentralizado a pequeña escala; las empresas pequeñas frente a las grandes. «En lugar de crear una gran empresa a través de la nacionalización, como ha sido hasta aquí la práctica invariable, y luego intentar descentralizar el poder y la responsabilidad a través de formaciones más pequeñas, normalmente es mejor crear pequeñas unidades semiautónomas como primer paso y luego centralizar ciertas funciones a un nivel más alto, si puede demostrarse que hay necesidad de ello».

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